El libro, su marco normativo, la desidia y la autopublicación

El Laboratorio del Libro publicó hace unos meses un interesante informe titulado El libro y su marco normativo. Presente y porvenir.  Para su elaboración convocaron a especialistas de los distintos sectores del libro que participaron de forma confidencial lo que permitió, según el Laboratorio, un buen nivel de profundización, espontaneidad y transparencia.

Cuando leí el informe hace unos meses, me sorprendieron algunas reflexiones de los participantes, así que es probable que esa confidencialidad fuese necesaria para poner en la mesa problemas reales. No voy a detenerme en todos los apartados del informe, sino en los que me han permitido hacer una reflexión sobre nuestro trabajo y en los apuntes me provocaron una buena dosis de vergüenza ajena.

Uno de los apartados del informe trata la vulneración de los derechos de autor en Internet. El informe agrupa las medidas para mitigar esta práctica en tres grupos: legales, de negocio y pedagógicas. Entre las legales, comparto las medidas educativas que pongan en valor la importancia del valor del trabajo intelectual, pero no creo que la aplicación de medidas penales sea la solución. La vía de una enseñanza pública fuerte, con buenos presupuestos, donde la educación cívica nos enseñe a respetar los derechos de todos —también los derechos de los creadores— me parece más acertada que la sanción. Si, a esto, los editores sumamos una oferta digital de calidad a precios razonables, el camino hacia la descarga legal será mucho más fácil. Los editores tenemos aquí un papel esencial: no vale echar siempre las culpas al otro, a la falta de apoyo de las administraciones, a los «delincuentes» de las páginas de enlaces. Analicemos nuestro trabajo y creemos la mejor experiencia de compra y de lectura posibles, mejoremos nuestros procesos y la calidad de nuestros eBooks, cada día.

Pongamos un ejemplo de mejora de proceso de compra. La pasarela de pago que elegimos para la venta en nuestra web fue PayPal: es segura, fácil de usar y permite comprar libros desde muchos lugares del mundo. En los últimos meses ha incrementado el tráfico de nuestra web y la voluntad de compra. Digo voluntad porque observamos un porcentaje de compras que no traspasan la barrera de pago por PayPal: el lector abandona la compra cuando derivamos a la página de PayPal, incluso en los casos en los que se ha personalizado el libro en la pantalla inicial. Solo cada comprador conoce la razón del abandono: algunos lo harán porque no les gusta PayPal, otros lo harán porque en algunos países PayPal requiere la creación de cuenta para comprar, otros habrán perdido el interés de la compra por el camino, pese a que reducimos el proceso a tres clics y no pedimos datos personales. ¿Qué hacer para que estos lectores consigan los libros que quieren leer? Pensar en incluir otro medio de pago en nuestra web. Os adelantamos que estamos valorando incluir el pago por transferencia con envío personalizado porque sabemos que hay lectores que se sienten más cómodos haciendo una transferencia bancaria que comprando con una tarjeta por Internet. Os mantendremos informados cuando tomemos una decisión al respecto.

Volvamos al informe y a la causa de mi vergüenza ajena: el epígrafe del contrato de edición. Cito: «Por otro lado, autores y agentes literarios ponen de manifiesto una preocupación que va más allá de la regulación: les preocupa la falta de cumplimiento de los contratos de edición por parte de los editores y se muestran escépticos: […] “El contrato de edición regulado por la ley es la herramienta básica. Es la piedra fundacional de este negocio… pero no se cumple” […] “salvo honrosas excepciones (pues hay editoriales que sí te dan una información fidedigna, veraz y puntual), la mayoría de los editores no te envían jamás un certificado de impresión”». Glub. Vergüenza. Sonrojo. No sé si por la afirmación o por la respuesta de los editores. Cito: «Tras esta afirmación los editores comparten con los asistentes las dificultades y la carga administrativa que implica para una editorial hacer comunicaciones constantes de pequeñas tiradas impresas bajo demanda».

De perdidos al río. Pues claro que la liquidación derechos y las comunicaciones requieren tiempo, esfuerzo y son una enorme carga administrativa, pero es inconcebible no hacerlas de manera pulcra y puntual. Son los derechos de los autores y traductores y, por lo general, las liquidaciones no son sumas con las que puedan vivir; pero precisamente por ello nuestro deber es informar con el mayor detalle posible porque cada venta es, a priori, un lector que se asoma a la obra de ese autor, el motivo por el cual escriben.

La rendición de cuentas y la transparencia deben ser pilares básicos de nuestro oficio (y de tantos otros, en realidad). Sin confianza entre autor y editor no hay futuro para la edición, y esta puede ser una de las razones por las cuales muchos autores hayan decidido autopublicarse y estén tomando las riendas en la gestión de sus derechos. Que no se escandalicen luego los puristas que ven libros editados sin editoriales tradicionales porque es posible que ellos mismos hayan creado ese futuro que ahora temen y critican; ese futuro al que apunta Bernat Ruiz Domènech en su acertado artículo «Hacia la edición con editores y sin editoriales».

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