El cauri

Autora invitada: Alejandra Guarinos Viñals (*)

No deja de ser curioso que un humilde molusco ejerciera de moneda durante siglos, modelando la vida y costumbres de muchas sociedades africanas. Los árabes introdujeron el cauri en África en el siglo XV y el intercambio comercial de sus habitantes con las potencias occidentales ayudó a su expansión y posterior implantación. Hoy en día, los cauris han perdido su valor transaccional, pero todavía conservan una importante carga simbólica y persisten en bisutería, adornos de artesanía, amuletos e incluso en el arte de la adivinación.

Cauri es el nombre común asignado a un grupo de moluscos procedentes de los océanos Índico y Pacífico. Algunas de estas conchas, las pertenecientes a las especies Cypraea annulus y Cypraea moneta, fueron utilizadas como moneda durante siglos en África, Asia y Oceanía. Se sabe que la dinastía china Shang ya realizaba transacciones comerciales con ellas en el año 1600 a. C. El cuari, de color blanco o beis, suave y brillante, ovalado por un lado y liso por el otro, respondía a lo que se espera de toda moneda: solidez, manejabilidad, divisibilidad y dificultad en la falsificación. Además de esto, los cauris resultaban agradables al tacto y a la vista (parecían de porcelana), y eran pequeños, lo cual facilitaba su transporte y manipulación.

Los árabes introdujeron el cauri a través de África Oriental y, haciendo demostración de una gran visión comercial, muy pronto optaron por cultivar a gran escala la especie Cypraea annulus, procedente de Zanzíbar. De esta forma, podían surtirse con rapidez de grandes cantidades sin tener que desplazarse hasta las islas Maldivas, lugar de origen de la Cypraea moneta. La llegada al continente africano, a partir del siglo XVI, de portugueses, franceses, ingleses y holandeses fue determinante para propagar su uso. Por desgracia, parte de su rápida expansión se debió sobre todo al comercio de esclavos. Su implantación fue todo un éxito, tanto es así que los cauris relegaron a un segundo plano los medios de pago locales, algunos de los cuales llegaron a desaparecer. La enorme versatilidad de esta concha facilitó su aceptación; con ella se comerciaba a pequeña escala, aspecto capital en un continente que vivía de la autosuficiencia, pero también se utilizaban para realizar pagos importantes. En tales casos, existían unidades de pago preestablecidas consistentes en agrupar las conchas de distintos modos: engarzadas en largas ristras, en vasijas de barro diseñadas a tal efecto o empaquetadas.

En algunas sociedades africanas el cauri tuvo múltiples aplicaciones más allá de su uso como moneda. Considerado como signo de riqueza, era frecuente encontrarlo en máscaras y todo tipo de artesanía, desde esculturas hasta bisutería. En trajes y peinados designaban el estatus social o la pertenencia a un clan. Durante años se utilizaron para pagar dotes, el matrimonio quedaba sellado una vez se entregaban a la familia. Hoy en día, los cauris siguen presentes en la sociedad africana. Se usan como amuletos asociados a la prosperidad, la longevidad y la felicidad. Simbólicamente se vinculan a la fertilidad y a la buena suerte. En el islamismo, estas conchas conservan una dimensión mística y se emplean para leer el futuro: el vidente los lanza al aire y según caigan de un lado o de otro forman una figura que encierra un significado específico.

A finales del siglo XIX, las potencias coloniales prohibieron el uso del cauri como moneda para evitar conflictos con sus monedas nacionales. Esto provocó un trauma social, económico y cultural en una población que, desde el principio, lo acogió con agrado y lo incorporó a su vida cotidiana y tradiciones. Buena prueba de la importancia que alcanzó en África son los reconocimientos que ha recibido con posterioridad. Los ghaneses bautizaron a su moneda nacional con el nombre de esta concha: el cedi. Y el Banco Central de los Estados de África Occidental le rindió homenaje perpetuando su presencia en la fachada del imponente edificio de su agencia principal en Cotonú, Benín.

Créditos de la fotografía: Monetaria moneta, H. Zell. Fuente: Wikimedia.

(*) Alejandra Guarinos Viñals es la traductora al español de la obra de Venance Konan y de la novela Amanecía, de la escritora marfileña Fatou Keïta. Desde 2016 coordina el club de lectura de literatura africana Baobab en la Biblioteca Pública del Estado en Albacete. Con esta colaboración continuamos la serie «Traduciendo África(s)» que, en tono desenfadado, nos permite acercanos a las culturas africanas tomando como base sus traducciones publicadas en 2709 books y noticias de actualidad.

 

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