Afrofuturo(s), una banda sonora

Quienes nos seguís en Twitter sabéis que nos gusta empezar cada mañana con músicas africanas. Durante mucho tiempo, nuestras semanas tuiteras han arrancado con la selección de Chema Caballero (@61chema) en la serie «Compromiso y música» del blog África no es un país, que ahora ha mutado en #SwingingAfrica. Los compañeros de Wiriko y afribuku también nos ayudan en esas primeras horas y sus ritmos hacen la(s) dosis de café mucho más efectiva(s). Además, en este curso 2016-2017 se ha sumado a nuestra sinfonía habitual AfroClub (@afroclubradio), el programa especializado en música africana de Radio Gladys Palmera (@GladysPalmera) dirigido por Jesús Herranz.

Como a Literáfricas, nos gustan los libros con banda sonora. En septiembre de 2015 (sí, hace ya casi dos años…) publicamos De Abiyán a Túnez y nos regalamos un viaje musical recorriendo las melodías que mecen la obra de Mariama Ndoye. Nuestro último lanzamiento, Afrofuturo(s), también es un libro con banda sonora y queremos despedirnos hasta septiembre con esta selección musical basada en dos relatos de nuestra antología afrofuturista.

El afrofuturismo no es un movimiento estrictamente literario, sino una estética cultural que reexamina el pasado desde una perspectiva negra para capacitar al individuo y liberarlo de una sociedad opresora. Además, como apunta Ytasha L. Womack en Afrofuturism: The world of black Sci Fi and fantasy, es un movimiento que quiere entretener. Para cumplir ambos objetivos utiliza todas las disciplinas a su alcance: literatura, música y artes visuales, que se funden para crear relatos en los que la música juega un papel fundamental y que reivindican las aportaciones de las culturas negras a la sociedad actual. Estos homenajes artísticos y musicales son parte de la esencia de dos relatos de Afrofuturo(s): El dragón no puede bailar, de Sheree Renée Thomas, y Para chicas digitales que beben tónica en el bar cuando Purple Rain no basta, de Ytasha L. Womack, así que os invitamos a recorrerlos con su propia banda sonora.

El dragón no puede bailar, Sheree Renée Thomas

Mientras los demás niños bailaban claqué y hacían el moonwalk…

Sentía lo mismo cuando estaba con Chanel en el parque Goat del West Side o con Bijou en la colina de los tambores de Harlem y me enfrentaba a otras pandillas.

Mi baile nació en las calles de Nueva York, fusionó tendencias de todo el país, adoptó tradiciones de todo el mundo, reinventó a Ailey y Dunham, a Jamison y Jackson, a los que hizo renacer como policías estelares para lanzar sus cuerpos negros a través del espacio.

Cuando nos conocimos en el parque Goat, ella llevaba una peluca afro de color rojo y unas gafas de sol Bootsy. Me recordaba a los personajes de Annie y The Mack.

—Música: Ndegeocello, Danza del infiel —dije.

Suaves sonidos de trompetas y jazz se deslizaron por el aire. Dejé la caja en una mesita de café y me hundí en el sofá que había en la parte trasera de aquella jaula.

 

Para chicas digitales que beben tónica en el bar cuando Purple rain no basta, Ytasha L. Womack

Esos besos húmedos eran de color púrpura… lluvia púrpura.

Hoy las luzco junto con unas bailarinas y una camiseta de Eartha Kitt que lleva un dibujo estampado pintado a mano de un pelo afro efecto mojado.

—Me gusta lo diferente —contesté—. Me atrae como la llama a la polilla…

—… que se quema con el fuego —terminó la frase de la canción de Janet Jackson.

En algún lugar bajo la cháchara del bar y el ruido de las calles de la ciudad, creo que oí a una paloma llorar.

Os deseamos el más feliz y musical verano lector. ¡Hasta septiembre!

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